Andalucía presenta rasgos climáticos peculiares que se derivan de la intervención en ella de factores específicos y propios. Entre tales factores merecen destacarse, por un lado, los de carácter termodinámico, ligados al modo de actuación de la circulación atmosférica en el ámbito concreto de la región y, por otro lado, los factores de orden geográfico, entre los cuales el relieve juega el papel primordial, aunque tampoco es desdeñable la acción de la naturaleza de la superficie, en la cual la alternancia de mares y continentes y el propio contraste térmico entre el Atlántico y el Mediterráneo constituyen las piezas clave. Comenzaremos aludiendo a los factores de orden geográfico dado que su influencia llega incluso a plasmarse en los de carácter termodinámico.
Los factores de orden geográfico
La disposición del relieve y la altimetría constituyen el principal factor de orden geográfico de la región. La mera altimetría interviene fuertemente sobre el clima imponiendo gradientes térmicos altitudinales que consagran a los dominios de montaña como los más frescos de todo el ámbito regional. Los gradientes térmicos altitudinales se pueden evaluar en aproximadamente 0,46º/100 m en la cuenca del Guadalquivir y 0,33º/100 en las solanas de las Béticas, con valores algo más acusados en invierno. Ello determina que las temperaturas más frescas del verano y las más frías del invierno se sitúen en los enclaves más altos de las cadenas Béticas y se vayan suavizando a medida que se desciende hasta el nivel del mar.
Pero, además, la disposición del relieve ejerce fuertes repercusiones sobre el clima de la región. El relieve andaluz presenta una orientación general SW-NE, especialmente marcada en las cadenas Béticas, en las cuales se sitúan además la alturas más elevadas, superándose los 3000 metros sobre el nivel del mar. En este edificio sólo se registra una gran apertura en el valle del Guadalquivir, a la que acompañan otras muy inferiores constituidas por las depresiones litorales mediterráneas y algunas planicies interiores emplazadas en el surco intrabético. Todo ello tiene repercusiones climáticas destacables. En primer lugar, el predominio de las influencias marinas atlánticas sobre las mediterráneas. Estas últimas quedan reducidas al ámbito estrictamente costero salvo las pequeñas penetraciones que encauzan los valles que vierten a esta cuenca y que sólo alcanzan cierto desarrollo y amplitud en el levante almeriense. Sin embargo, la influencia atlántica encuentra para su penetración el amplio valle del Guadalquivir, que se encuentra en una perfecta disposición para recoger y canalizar hacia el interior de la región los vientos del W y SW, que son por otra parte los predominantes durante la estación invernal y, más genéricamente, en el periodo comprendido entre octubre y junio.
En segundo lugar, la fragmentación de la región en dos grandes àmbitos climáticos bien diferenciados: el noroccidental o atlántico y el suroriental o mediterráneo, separados grosso modo por las cadenas Béticas, que se convierten en una muralla más o menos infranqueable entre uno y otro dominio. Esta fragmentación constituye un rasgo interno esencial del clima de la región, sobre todo, por la escasa covariación existente entre ambos dominios. La disimetría es especialmente marcada en la precipitación, donde el ámbito noroccidental suele recibir lluvia a través de mecanismos atlánticos (frentes y perturbaciones que penetran desde el oeste) que no llegan a hacerse sentir a sotavento de las Béticas, mientras que el suroriental las recibe a través de depresiones mediterráneas que tampoco alcanzan, en general, a los ámbitos noroccidentales. Pero las temperaturas y la humedad también acusan esta disimetría como consecuencia del efecto föhn ejercido por esta cadena sobre los vientos de procedencia tanto atlántica y septentrional como mediterránea y meridional.
El relieve, además, contribuye a configurar un área muy continentalizada en el interior de la región (las hoyas interiores de las cadenas Béticas y, en general, todo el surco intrabético), donde tanto las influencias atlánticas como las mediterráneas se ven obstaculizadas para acceder. Los extremos térmicos y la exigüidad pluviométrica serán buena muestra de este carácter continental.
Por último, el relieve, por su peculiar disposición SW-NE y en buena medida W-E, genera importantes disimetrías térmicas entre las solanas y las umbrías, las primeras con abundante recepción de radiación solar y protegidas de las invasiones frías del norte por el relieve y, en consecuencia muy beneficiadas térmicamente, y las últimas con la situación justamente contraria. Toda la alineación de Sierra Morena constituye un buen ejemplo de este tipo de solanas, pero el ejemplo arquetípico se sitúa en la vertiente sur de las cadenas Béticas, donde a la condición de solana se asocia la influencia termorreguladora del Mediterráneo, todo lo cual la convierte en uno de los dominios más cálidos y suaves del continente europeo.
A todo ello habría que añadir los efectos ejercidos a escalas más detalladas, que no serán objeto de la presente obra, pero entre los cuales habría que destacar por su importancia las modificaciones ejercidas sobre el viento en el área del estrecho del Gibraltar y sus proximidades como consecuencia del encajamiento del aire en el angosto pasillo que allí dibuja el relieve.
La naturaleza de la superficie constituye un factor geográfico menos importante pero digno también de ser tomado en consideración, destacando en este sentido la presencia de la franja marina que rodea a la región por su flanco meridional y la ligera disimetría existente entre el área atlántica y el área mediterránea de dicha franja.
El Atlántico, en las proximidades de las costas andaluzas, tiene una temperatura media que oscila entre unos 14-15º en enero y unos 20-21º en julio. Por su parte, el Mediterráneo iguala esa cifra en enero, pero la supera en agosto, alcanzando entonces 22,5-23º de temperatura y, de hecho, a igualdad de latitud, siempre el Mediterráneo alcanza temperaturas superiores a las del Atlántico a excepción del invierno. Además, estos valores térmicos elevados se mantienen en el Mediterráneo a lo largo de todo su espesor, que alcanza aproximadamente 4000 m. y en el que no se desciende en general por debajo de 13º. Estos altos valores de temperatura son atribuibles a la fuerte insolación que la zona recibe a lo largo de casi todo el año y especialmente en verano, pero son atribuibles también a la condición que el Mediterráneo presenta de cuenca pequeña, cerrada y poco comunicada con el Atlántico.
Dos consecuencias importantes se derivan de estas elevadas temperaturas : en primer lugar, el efecto de atemperación ejercido en las zonas costeras, el cual es especialmente palpable en el invierno y, sobre todo, el hecho de que el Mediterráneo se convierte en una gran reserva de vapor de agua susceptible de trasvasarse hacia la atmósfera con ocasión de los movimientos ascensionales. Estos trasvases de vapor, y los de calor latente que llevan asociados, adquirirán un carácter protagonista en la génesis de ciertas perturbaciones atmosféricas especialmente relevantes durante la estación otoñal, como tendremos ocasión de comprobar más adelante.
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